Miami, Marzo 2006
Culturales

"LA CULTURA LATINOAMERICANA DEBE SEGUIR TOMANDO CONCIENCIA DE SI MISMA"
Por Ruddy Toledo Micó, Mercedes Silva Pupo y Beatriz Bertolí Velázquez(*)

"Toda obra nuestra, de nuestra América robusta,
tendrá, pues, inevitablemente el sello
de la civilización conquistadora; pero la mejorará,
adelantará y asombrará con la energía
y creador empuje de un pueblo en esencia distinto, superior
en nobles ambiciones, y si herido, no muerto. ¡Ya vive!"

José Martí
O.C. Tomo 7

La problemática de la identidad cultural en el arte de América Latina ha sido muy cuestionada y discutida en el pasado siglo XX. Latinoamérica, geográficamente, está comprendida por los territorios de los países desde México, pasando por todo Centroamérica y el Caribe, hasta Chile y Argentina en Sur América. La mayoría de los países de esta región del continente comparten una serie de elementos comunes, como las lenguas que emplean -española, portuguesa y francesa-, de raíz latina, aunque también se encuentran países en el que su lengua es la anglosajona. Todos ellos comparten historia y problemas de esta parte del mundo, y presentan características propias a cada una de las naciones que la integran, es decir, existe una unidad, diversidad e individualidad en esta imbricada geografía.
Latinoamérica, en la actualidad, posee una rica herencia cultural como resultado del proceso de mestizaje de las razas que se han entrecruzado a lo largo de su historia, siendo la conquista española, el comienzo de la interacción y compenetración de sangre y culturas. Así como el conquistador se mezcló con el indígena, la cultura aborigen resultó permeable desde el substrato profundo del pueblo, de sus artesanías, de su trabajo, de su psicología, de su conducta, en fin de su modo de ser, e impregnó toda la cultura latinoamericana.

Los conquistadores impusieron su estructura económica, política, ideológica: de esta última, la religión católica como columna vertebral. Asimismo se generalizó la implantación de la lengua castellana y portuguesa, válidas como vehículo cultural por excelencia, forma de relación y, también, arma del imperio. En lo concerniente al legado de África, ésta se hizo patente a partir del sincretismo de sus dioses con el santoral católico tradicional, en la aparición del negro como protagonista de la obra de arte y en la mezcla de los ritmos musicales africanos con los europeos.

En su mayoría, las naciones latinoamericanas alcanzaron la independencia política a comienzos del siglo XIX, aunque las más relegadas recién lo lograron en el siglo XX. Nuestra vida espiritual y pensamiento social siguieron desarrollándose, predominantemente, bajo la fuerte influencia de Europa la cual, a su vez, era arena de lucha constante entre sostenedores de muy diferentes ideales y aspiraciones sociales.

En la búsqueda de su identidad cultural, nuestros pueblos no pondrán el acento en la hasta ayer buscada semejanza con los modelos dominantes europeos, sino en los que nos identifique. Buscamos una cultura en las que todas esas presencias sin contraponerse se asimilen y sean el punto de partida, la experiencia sobre la que ha de erigirse la permanente recreación de los pueblos latinoamericanos en la elaboración de modelos cultorológicos autóctonos generalizadores, basados en los rasgos tipológicos comunes de varios países. Expresados en las palabras de nuestro Héroe Nacional José Martí, al exponer en su artículo “Una visita a la exposición de Bellas Artes” publicado en la Revista Universal de México el 7 de enero de 1876:

...No vuelvan los pintores vigorosos los ojos a escuelas que fueron grandes porque reflejaron una época original: puesto que pasó la época... Copien la luz en el Xinantecatl y el dolor en el rostro de Cuauhtemotzin... Hay grandeza y originalidad en nuestra historia: haya vida original y potente en nuestra escuela de pintura.

Aquí están sintetizadas concepciones medulares que el pensamiento martiano desarrollaría sobre el arte, en particular sobre el arte que reflejara una América genuina, la identidad de los pueblos latinoamericanos.

La cultura latinoamericana debe seguir tomando conciencia de sí misma, de revelar su esencia, sus parámetros y sus cualidades sobre el fondo de otras culturas y afianzar, cada día más, con ello, las bases de su soberanía cultural.

El lenguaje de la cultura latinoamericana es sincrético, se nutre de tradiciones de muchas culturas, pero su base es la herencia europea general, asimilada y transformada. Cual puño cerrado, la idiosincrasia cultural de los pueblos latinoamericanos existe realmente.

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¿Podemos hablar de arte latinoamericano a partir del siglo XIX con la independencia de las colonias, arte que contribuyó a construir o precisar nuestra identidad cultural (1)?

Muy anteriormente a la centuria decimonónica ya existen las raíces que sentarán las bases de la identidad del arte latinoamericano, raíces que serán apreciadas, especialmente, a partir del momento del choque o encuentro de culturas.

Con este proceso de transculturación los conquistadores inician una larga y incansable tarea de imposición de sus modelos y estilos; sin embargo los indígenas conservan y perpetúan su patrimonio cultural, principalmente, en las creaciones artísticas, en la preferencia de los colores puros en la cerámica y arquitectura, en la utilización de temas de motivos fitomorfos y zoomorfos propios de nuestro específico ámbito natural y cultural: mazorcas de maíz, pumas, colibríes, piñas, entre otros.

En el ámbito musical, mediante el empleo de instrumentos como antaras -también conocidas como zampoñas o sikus- y de quenas -flautas longitudinales sin canal de insuflación pero con bisel- en algunas regiones, en otras, flautas de pico longitudinales con canal de insuflación -algunas con llamativos aditamentos que enriquecen su sonoridad-, idiófonos -principalmente sonajeros de semillas- y el popular tambor -conocido como mayohuacán.

La identidad del arte latinoamericano alcanza un mayor nivel de expresión en el siglo XVIII. Algunos críticos a los cuales nos acogemos, denominan este estilo o corriente como “Barroco Americano”, por sus características propias que lo diferencian del modelo europeo.

El barroco americano es propiamente ornamental, manifestándose fundamentalmente en la arquitectura, en sus fachadas y retablos. Sus temas decorativos son recurrentes motivos característicos de Nuestra América, con un desarrollo evolutivo de columnas hasta llegar a utilizar, en el virreinato de Nueva España (México), las columnas estípites o estípites dobles con una función decorativa. Asimismo, en las construcciones, se ha utilizado una intensa gama de colores logradas a través de materiales de brillante cromatismo, como azulejos, yesería policromada y madera estofada.

En este sentido, es menester destacar a una de las figuras cimeras de la escultura y la arquitectura barroca americana, Francisco Lisboa, apodado el Alejandinho, con su conjunto arquitectónico, escultórico y paisajístico de la iglesia del Buen Jesús de Matosinhos en Congonhas, Minas Gerais, Brasil, incluida en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.

Uno de los músicos más destacados fue el mestizo -ya plenamente americano- Manuel de Sumaya (1684-1756), maestro de capilla de la Catedral de México, quien logra incorporar violines, bajo y órgano a sus villancicos. Sus obras adoptan formas semejantes a las del barroco musical europeo, debido a las largas proporciones de su estructura: estilo concertante, coros para abrir, numerosas arias y corales finales, acompañamiento orquestal con bajo continuo y textura polifónica predominante.

En el siglo XIX, a pesar de lograrse la independencia de los territorios latinoamericanos de las metrópolis europeas, la burguesía naciente sigue con sus miradas puestas en los modelos del otro lado del Atlántico e implantan en las Academias, que se fundan a lo largo de todo el siglo, la corriente neoclásica.

En este contexto surgen una serie de pintores criollos autodidactas, entre los que se encuentra: José Gil Castro (Perú), pintor de las figuras revolucionarias de las campañas de Independencia, que utiliza el tipo básico de retrato colonial tradicional como vehículo de visión popular; José Guadalupe Posada (México) y Joaquín Pinto (Ecuador) artistas costumbristas que recogen la vida y el ambiente de Latinoamérica reflejando las costumbres de sus pueblos, el primero con sus dibujos, grabados, litografías y xilografías de calaveras -o calacas- y esqueletos utilizados como caricaturas y sátiras de la vida social y política mexicana en alusión a los abusos del gobierno y las intrigas políticas, y el segundo, especialmente, con sus series de acuarelas en las que además incluyó el modo de vida de los indios.

De modo general, en la pintura y el grabado prevalece el costumbrismo basado en el estudio directo de escenas típicas y modo de vida nacional y popular. El protagonista de este arte es el contemporáneo que vive al lado del artista y es valorado por sus méritos reales. Gracias a los cuadros costumbristas aparecen en el arte de este siglo imágenes de los oprimidos. Precisamente el costumbrismo ha sido una de las fuentes de corriente realista en la pintura que se formó a fines del siglo XIX.

Este siglo fue, también, testigo de la creación de instituciones importantes que contribuyeron a la organización y promoción de la vida musical latinoamericana. La representación de óperas y zarzuelas, conjuntos instrumentales y orquestales, la formación de artistas que propiciaría la vida de concierto y la preferencia del público por el teatro lírico, caracterizaron el quehacer artístico en el terreno institucional.

La formación del modernismo y el surgimiento de las concepciones culturales nacionalistas de nuestra América demandaron revaluar el pasado, apoyarse en las tradiciones propias, en las investigaciones del folklore y los éxitos del arte de épocas pasadas. En el siglo XX se consolida la identidad del arte latinoamericano, arte sincrético que refleja sus profundas y heterogéneas raíces aborigen, europea y africana, la problemática del contexto latinoamericano y su conciencia de sí misma, y se proyecta hacia el mundo a través de sus valores artísticos.

En este sentido, la idiosincrasia que reflejan las obras de los pintores latinoamericanos que estudiaban y trabajaban hacia 1920 en Europa fue no sólo espontánea, sino provocada por la nostalgia, a veces inconsciente, de la patria lejana y del deseo de su progreso. Más tarde, ya en territorio latinoamericano, empezaron a crear obras originales no sólo por su estilo, sino también porque reproducían realidades y problemas de la existencia nacional y, con frecuencia, como ocurre a los muralistas mexicanos, porque se asemejaban por su expresión figurativa a las formas tradicionales.

Lugar cimero del arte latinoamericano del siglo XX lo ocupa precisamente el Muralismo Mexicano, primera escuela de pintura de repercusión universal nacida de la Revolución Mexicana a partir de un programa de pintura mural patrocinado por el gobierno y administrado por el Secretario de Educación José Vasconcelos. Figuras descollantes de esta escuela fueron Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, de ideas revolucionarias, que pertenecieron al Partido Comunista Mexicano y al Sindicato de Pintores, Escultores y Grabadores Revolucionarios.

Justino Fernández, intelectual mexicano del siglo XX considera a José Martí: “uno de los antecedentes americanos de la conciencia crítica que acabó por producir en nuestro tiempo la pintura mural mexicana”. Incluso su figura quedó plasmada en uno de los murales al fresco del pintor Diego Rivera, “Sueño de una tarde dominical”, en el Hotel del Prado en la Avenida Juárez, México.Otras figuras importantes del arte mexicano son Frida Kahlo, José Guadalupe Posada y el personaje popular, la calavera Catrina.

El Muralismo Mexicano fue un movimiento artístico de carácter indigenista que surgió tras la Revolución Mexicana de 1910 de acuerdo con un programa destinado a socializar el arte, y que rechazaba la pintura tradicional de caballete realizada en la Academia, así como cualquier otra obra procedente de los círculos intelectuales. Proponía la producción de obras monumentales para el pueblo en las que se retratara la realidad mexicana, las luchas sociales y otros aspectos de su historia. De este modo, los muralistas se convirtieron en cronistas de la historia mexicana y del sentimiento nacionalista, desde la antigüedad hasta el momento actual. La figura humana y el color se convierten en los verdaderos protagonistas de la pintura al tiempo que reivindicaban el arte indígena como arte en sí mismo y como modelo social, "el arte del pueblo de México es la manifestación espiritual más grande y más sana del mundo y su tradición indígena es la mejor de todas".

Los muralistas instauraron y defendieron el arte público, a gran escala y de carácter monumental, de temas históricos e indígenas, como el medio principal de la expresión artística nacional. En la “Declaración Social, Política y Estética”, manifiesto del movimiento redactado por Siqueiros plantean:

“... los creadores de belleza deben desplegar sus mayores esfuerzos a fin de que su producción sea de valor deológico para el pueblo y de que el objetivo final del arte, que es actualmente una expresión de masturbación individual, sea sólo de un arte para todos, de educación y lucha.”

El muralismo mexicano fue uno de los fenómenos más decisivos de la plástica contemporánea iberoamericana. A partir de 1930 el movimiento se internacionalizó y se extendió a otros países de América.

A finales de la década de 1950, y como consecuencia del despertar político motivado por la agudización de los conflictos sociales, surge en la música latinoamericana el germen de lo que posteriormente se denominó “la nueva canción latinoamericana”. Aunque en los diferentes países parta de raíces distintas y asuma sus propias peculiaridades, la nueva canción latinoamericana presenta una característica común: su mensaje llega a amplias masas populares.

Originada a partir de dos líneas musicales -la folklórica y la música popular urbana- los músicos y los poetas tenían los mismos ideales de emancipación socioeconómica y cultural producto de la coyuntura histórica latinoamericana. Sus integrantes componen y cantan a la particular realidad del momento utilizando ritmos propios de la región -samba, son, copla, merengue, etc.-, y haciéndose acompañar desde únicamente una guitarra criolla hasta los autóctonos instrumentos musicales como quena, charango, tambor mayohuacán y otros; incluyendo los tradicionales caribeños claves, tumbadoras, bongoes, etc., y aún sumando los electrófonos como el piano eléctrico, sintetizador y guitarra eléctrica.

Los nombres relevantes de la nueva canción latinoamericana son, en Chile: Violeta, Isabel y Ángel Parra, junto al desaparecido Víctor Jara; en Brasil: Gilberto Gil, Geraldo Vaudré, Caetano Veloso y Chico Buarque; en Argentina: Mercedes Sosa; en Uruguay: Daniel Viglietti; en Venezuela: Gloria Marín; en Perú: Tania Libertad, entre otros.

El rumbo seguido por la creación latinoamericana se inscribe en las llamadas técnicas de vanguardia: potserialismo, aleatorismo, estocástica y lo concreto y electrónico que pasaría a ser lo electroacústico.


América Latina está en vías de afirmar una poderosa personalidad autónoma. A lo largo del transcurso del siglo XX ha comenzado a desarrollar una óptica propia, óptica que corresponde al hombre de un continente que, formando parte del mundo entero, muestra ciertas particularidades y rasgos específicos. Dentro de este proceso de autoconciencia, Cuba toma nota vigorosa y creadora de sus raíces latino africanas.

En este contexto se alza la vanguardia plástica cubana, movimiento considerado como renovador, de oposición y reafirmación nacional, que se nutre de la vanguardia europea y latinoamericana.

El liderazgo indiscutible de esta revuelta contra el academicismo pictórico fue Víctor Manuel, acompañado de un grupo de pintores y escultores que desarrollaron su obra en la décadas del ‘20 al ‘40, dentro de los cuales se destacan: Carlos Enríquez, Eduardo Abela, Amelia Peláez, René Portocarrero, Rita Longa y Wifredo Lam, considerado este último como un significativo aporte a la cultura latinoamericana y universal.

La obra de Wifedo Lam, con su arte de negritud, es una mezcla de la cultura china, cubana y africana, generando como resultado una obra de bellísimo colorido, ajena a todo convencionalismo, una composición agradable, segura, llena de una penetrante imaginación, un gran sentido físico y simbólico, que se debe en gran parte, según la crítica, a la influencia africana. Al querer analizarla se ha aludido al vudú haitiano, a la santería africana, a los ñañigos habaneros. En sus obras encontramos reflejada de manera liberal elementos propios de la cultura africana, evocados con unas pocas líneas y trazos, imbricadas con influencias del cubismo, el surrealismo y la abstracción.

El arte de Lam reivindica una de las vertientes de la identidad latinoamericana en la búsqueda de sus raíces étnicas e históricas y, por otro lado, constituye una denuncia de la opresión, el colonialismo, el imperialismo y las injusticias sociales. Representa la rebelión de los sojuzgados y desemboca, naturalmente, en la protesta y en el arte comprometido con la realidad social. Esta característica de su obra se intensifica en los años ‘60 con un hecho que marca la historia de América Latina, la Revolución Cubana, y plantea con formidable elocuencia la militancia revolucionaria haciéndola extensiva a todo el continente. De la afirmación nacional se pasa a la afirmación continental y tercermundista. Por otra parte, el arte político se libera de los estrechos marcos del realismo socialista y se expresa en todos los estilos.

En esta etapa sobresale la nueva figuración en la obra de Antonia Eiriz, lo surrealista en las cafeteras y carromatos de Ángel Acosta León y el pop art en la obra de Raúl Martínez que nos brinda una visión del pueblo cubano en el cuadro “Isla 70”. En la década del ‘70 comienzan a apreciarse los nuevos valores formados en la Escuela nacional de Arte y en la Academia Nacional de San Alejandro, los que se manifiestan según líneas diversas en aspectos tan variados de nuestra realidad, como los héroes, la vida cotidiana, los campesinos, los obreros y la gente de pueblo. Entre los artistas destacan Nelson Domínguez, Ever Fonseca y, en las décadas siguientes, los nombres se multiplican: Tomás Sánchez, Manuel Mendive –con su modo particular de trasmitir nuestra raíz negra-, Zaida del Rio –con su mirada lírica hacia los campos de Cuba-, Arturo Montoto, Roberto Fabelo, entre muchos otros.

Dentro de los temas fundamentales de la gráfica en los primeros años de la Revolución se destacan el político-ideológico, cultural e histórico. La reafirmación política y la ampliación de la cultura se convierten en objetivos centrales de la gráfica. Los carteles de la Revolución Cubana se inspiran en al pop y el pop-art.

El tema del internacionalismo fue ampliamente trabajado, llevado a cabo por un equipo de diseñadores de la Organización de Solidaridad con los Pueblos de Asia, África y América Latina (OSPAAAL), dirigido por Rottgard, y refleja nuestra solidaridad con las luchas de liberación y de afirmación nacional con otros pueblos. La gesta heroica del pueblo vietnamita, constituyó el tema de varias series de sostenida calidad, destacándose Alfonso Prieto, Faustino Pérez, Olivio Martínez y Muñoz Bachs.

Una de las formas en que se trabajó este tema fue a través del contrapunto entre un elemento significativo de la cultura tradicional del pueblo en cuestión y el elemento contemporáneo que simboliza la lucha armada. Ejemplo de esto es el diseño de Alfonso Prieto en el que utiliza la figura precolombina guatemalteca que sostiene el fusil moderno.

La represión ejercida para intentar aplastar las fuerzas combativas y rebeldes de los países latinoamericanos es denunciada reiteradamente a través de la gráfica. En los diseños de este tema se utilizan, en muchos casos, como símbolo las banderas, como el de Muñoz Bachs con la bandera norteamericana insertada violentamente en la panameña, adoptando la forma de la zona canalera –“La quinta frontera”.

En lo concerniente a la música, Cuba tuvo su reflejo de la nueva canción latinoamericana en el llamado Movimiento de la Nueva Trova en 1972, que agrupó a jóvenes creadores de toda la isla que compartían una vocación de renovar la cancionística cubana. Los máximos exponentes son Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, y, entre sus seguidores se encuentran Vicente Feliú, Noel Nicola, Augusto Blanca, Ramiro Gutiérrez, Alejandro “Virulo” García, entre otros. A lo largo de los años ‘60 y ‘70 la nueva canción latinoamericana logró consolidarse internacionalmente.

Fueron muchos los creadores que integraron la vanguardia artística en Cuba protagonizada por Juan Blanco, Leo Brouwer y Carlos Fariñas, por sólo citar algunos representantes.

En cuanto a agrupaciones se creó el Grupo de Experimentación Sonora del Instituto Cubano de la Industria Cinematográfica (ICAIC), el cual influyó internacionalmente y trascendió a otros grupos cubanos como: Mayohuacán, Moncada, Manguarí y Nuestra América, los cuales dieron aportes rítmicos y melódicos a la música cubana y contribuyeron a la divulgación de un repertorio latinoamericano con la inclusión de instrumentos, toques y elementos de estilo de otros pueblos vecinos, sin excluir la recreación de lo folklórico, hasta incorporarlo a la propia obra.

A partir de las décadas del ‘80 y ‘90 y principios del siglo XXI el arte latinoamericano ha tomado nuevos bríos a nivel internacional, se ha re-posicionado en el escenario mundial a través de diversas exposiciones de artistas latinoamericanos en los principales museos y galerías de Europa y EUA y se ha extendido al resto del planeta, llegando a remotos sitios y culturas -como Malasia para la obra en exposición permanente de Nelson Domínguez-, y han cotizado a grandes sumas obras de los principales artistas latinoamericanos de todos los tiempos como Diego Rivera, Joaquín Torres García, Frida Kahlo, Wifredo Lam, Fernando Botero, entre otros, obras que reflejan para siempre las características y el colorido del ámbito en América Latina.

En la música los ritmos latinoamericanos han tenido una gran aceptación a nivel mundial, países con una gran y antiquísima tradición cultural como Japón, China y algunos europeos han sido permeables a la cultura latinoamericana creando orquestas salseras y se han contagiado con el ritmo pegajoso del son el mambo, el cha-cha-chá, entre otros, muy escuchados en cabaret, discotecas y diversos lugares recreativos. Difundidos a partir de la creación de Festivales Internacionales, concursos y del propio interés de los principales sellos discográficos a nivel mundial para la difusión de la música del territorio latinoamericano, conllevando a su aceptación y universalización, con características propias que la distingue de los demás ritmos.

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Desde las culturas precolombinas, pasando por el proceso de transculturación hasta las últimas tendencias de vanguardia, el arte en América Latina ha configurado su identidad desde la dinámica de los imbricados procesos de mestizaje cultural. La heterogénea variedad de los componentes, en el devenir histórico, ha dado como resultado un arte inigualable, tanto por su incomparable riqueza estética como por el sentimiento de un continente que abraza desde sus entrañas a todos los pueblos.

En los momentos actuales el arte latinoamericano ha sido descubierto y proyectado hacia todas las regiones del mundo, lo que ha provocado su resurgir contribuyendo a la consolidación de la identidad cultural latinoamericana.

NOTAS
(1) Identidad cultural: sistema de respuestas y valores de un grupo social determinado que como heredero, actor y autor de su cultura, se encuentra en capacidad de producir en un momento dado como consecuencia de un proceso socio psicológico de diferenciación – identificación en relación con otros sujetos culturalmente definidos.

(*)Ruddy Toledo Micó: Licenciado en Educación Plástica, Profesor del Departamento de Arte de la Universidad Pedagógica José de la Luz y Caballero en Holguín, Cuba, donde imparte las asignaturas de Arte Latinoamericano y Apreciación e Historia del Cine.
Mercedes Silva Pupo: Licenciada en Educación Infantil y Educación Musical, Profesora del Departamento de Arte de la Universidad Pedagógica José de la Luz y Caballero donde dicta la asignatura de Música Latinoamericana, Cubana y sus bailes.
Beatriz Bertolí Velázquez: Licenciada en Educación Plástica, Profesora del Departamento de Arte de la Universidad Pedagógica José de la Luz y Caballero en la cual imparte la asignatura de Arte Cubano.

Articulo tomado de ENFOCARTE http://www.enfocarte.com/