| MUNDO
AL DÍA por Isaac Bigio Miami,
semana del 5 al 12 de Junio 2005 |
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BOLIVIA: Detrás de la renuncia presidencial |
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Bolivia tiene un híbrido entre ambos modelos donde se potencian las desventajas de cada uno. Al igual que sus vecinos, tiene un presidente todopoderoso por un lapso determinado, pero a diferencias del grueso de Sudamérica allí no hay segunda vuelta. Desde hace más de cuatro décadas ningún candidato se ha acercado al 50%. Quien termina por decidir quién será el presidente es el Congreso, quien luego no puede fácilmente reemplazar al gobierno. Encima, la representación parlamentaria no es proporcional y partidos que consiguen menos de un cuarto de los votos aparecen hinchados con más de un tercio de los escaños. La permanente inestabilidad boliviana constantemente empuja al afloramiento de nuevos poderes. Esta es la república que más golpes ha tenido y donde las Fuerzas Armadas han actuado (por lo menos hasta hace 23 años) como un eterno factor de creación y destrucción de gobiernos. Por otra parte, el altiplano tiene una historia de constantes movilizaciones sociales y laborales que acaban gestando poderes alternos. En 1936, 1946, 1952, 1970-71, 1978-80, 1982, 1985, 2003 y 2005, los sindicatos (y organizaciones barriales y campesinas ligadas a éstos) realizaron tan grandes marchas y huelgas que se erigieron en un “poder dual” que logró tumbar presidentes o golpes. En la mayoría de los casos empujaron al país hacia la izquierda y a adoptar nacionalizaciones, pero también recibieron como respuestas gobiernos que pusieron mano dura y dieron concesiones a la empresa privada. Bolivia ha sido el único país sudamericano donde triunfó una revolución popular que desintegró a sus Fuerzas Armadas. La insurrección de 1952, sin embargo, no logró crear un partido revolucionario institucional a la mexicana y el Movimiento Nacionalista Revolucionario no tardó en atomizarse y dar paso a que el Ejército (que éste reconstruyó) dominase casi todo el período entre 1964 y 1982. En 1985, Paz Estensoro, el mismo hombre que 33 años atrás nacionalizó la minería “bajo control obrero” e hizo el gobierno “antiimperialista” más radical del subcontinente, decidió desbaratar el modelo estatizante y proteccionista que él creó para convertirse en el mejor discípulo del monetarismo a lo Thatcher. Su mano derecha, Gonzalo Sánchez de Losada, cambió por completo al país. Impuso una economía privatizada y de libre mercado donde el grueso de los mineros y fabriles fueron despedidos y sus protestas fueron contenidas o acalladas con constantes estados de emergencia. Sin embargo, éste se fue quebrando. Las movilizaciones de Cochabamba que impidieron la privatización del agua potable o que golpeaban planes de erradicación de cultivo de coca y el abortado estado de sitio lanzado por Bánzer evidenciaban un inicio del agotamiento de dicho sistema. A los 14 meses el tema del destino del gas generó una explosión social que acabó sacando al hombre que creó el nuevo modelo monetarista (Sánchez). Mesa heredó la presidencia pero no podía gobernar como antes. Ya no podía lanzar estados de sitios que únicamente producirían peores reacciones populares. Tampoco podía mantener el anterior sistema debido a que la población exige una mayor intervención del Estado en la economía y en la propiedad de los hidrocarburos. Mesa sobrevivió tratando de mediar entre fuerzas que se iban polarizando y buscando tranquilizar la furia sindical. Esto ha llegado a su límite. Tras querer sobrevivir como equilibrista acabó cayéndose de la cuerda. Quien le reemplace no será un presidente fuerte. Si es Vaca, presidente del Senado, será más resistido e impopular que sus antecesores. Si el puesto recae en el presidente de la Corte Suprema ese mandato será efímero y sólo para convocarse a comicios. Bolivia entra a una aguda tensión social. El gobierno central tenderá a tener menos autoridad mientras surgen a su costado izquierdo y derecho dos poderes alternativos. Por un lado los sindicatos que apuntan hacia un gobierno tipo Lula o Chávez o una revolución. Por otro lado está Santa Cruz que se perfila como un Estado dentro del Estado que quiere vetar marchas, mantener el modelo pro libre empresa y que demanda su autonomía. Mesa: con Dios y el Diablo
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