| Miami,
semana del 10 al 17 de Julio 2005 |
La pobreza se ha vuelto tema recurrente en distintos ámbitos de la sociedad contemporánea. Los economistas debaten sobre los instrumentos que permitan un mejor cálculo del número de pobres, reconocidos magnates convocan “cruzadas contra la pobreza”, el Banco Mundial reclama en publicaciones recientes la “construcción de una economía mundial incluyente” y mister Wolfowitz, un reconocido halcón militarista, ideólogo de la invasión y la “reconstrucción” de Irak, recientemente posesionado como presidente de esa institución puso a África como prioridad de su gestión y al respecto dijo: “ Que África puede estar al borde de convertirse en un continente de esperanza, lo que sería no sólo justo para ella y los africanos sino para el mundo entero que no puede permitirse tener 600 millones de personas yendo hacia atrás mientras los demás van hacia delante”. Las cifras sobre la pobreza abundan. Ignacio Ramonet denunció que “en más de 70 países, el ingreso medio por habitante es hoy menor que hace 20 años…” y que “más de 3.000 millones de personas, la mitad de la humanidad, viven con menos de 2 dólares por día…” Las noticias en torno a los conciertos difundieron otras: 58 países africanos sólo producen el 2 por ciento de la economía mundial y 432 millones de personas del Asia Meridional viven con menos de un dólar al día, lo cual descubre que la pobreza no es sólo patrimonio de África, cobija también a centenares de millones en América Latina, “el patio trasera de la superpotencia”, que se ha desgarrado por las luchas sociales contra la desigualdad por casi un siglo, y a muchísimos habitantes de los propios países de ingreso alto; en efecto, un 33% de la gente de Miami es pobre. Sin embargo, el caso africano ilustra sobre la causa de la pobreza. En 1884-1885, en la Conferencia de Berlín, las potencias de Europa decidieron repartirse ese continente, incursionando allí militarmente, promoviendo la migración de más de 40 millones de europeos, y sometiéndolo desde Marruecos hasta Sudáfrica. Implantaron figuras como el Protectorado, con la cual se aliaban con las cúpulas locales para controlar la política exterior y la fuerza pública e impusieron el “libre comercio”, incluido el de los esclavos; África vio así cerrada toda posibilidad de crear progreso y bienestar para sus habitantes y se tornó en centro de inversiones para el capital del Norte, en surtidor de materias primas y productos tropicales como cacahuetes, almendras, café y palma. Se consagró la “colonización”. Colombia no es ajena a la escandalosa situación de pobreza. Tanto aquí como en todas las latitudes, ella está acompañada de una altísima concentración de la riqueza. Así como en el mundo, el 20% más rico de la población dispone del 80% de los recursos, la desigualdad en el ingreso entre nosotros es tal que el mismo porcentaje de afortunados consume el 62%. Entre 113 países, sólo nueve nos superan en esa injusticia. Esa concentración en pocas manos no es asunto de Fortuna o de la división de los humanos entre brutos y sabios ni mucho menos es un acto de predestinación; ha sido un curso lógico de la actual organización económica. Para las circunstancias colombianas; ¿podrá venir alguna mejoría cuando el gobierno propende por un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos que tiene rasgos análogos a los “tratados” de Protectorado? ¿Nos salvará a “los pobres” mister Wolfowitz cuando la prédica del Banco Mundial culpa a la “falta de más globalización” del incremento de las diferencias económicas entre países desarrollados y los demás y entre los ricos y los pobres al interior de las naciones? De persistir el G-8 en las políticas neoliberales no habrá súplica válida para que los pobres de Colombia y el mundo no sean más y no vivan peor, de eso no nos salvarán ni las generosas contorsiones de la cadera de Shakira desplegadas en París. |